En sólo dos años, soitu se hizo un hueco en el panorama mediático español. Con más de un millón de usuarios únicos al mes (datos: ojd) no era un producto de masas, pero no estaba lejos, por ejemplo, de Público (1.700.000 usuarios), y sí muy por encima de diarios especializados como La Gaceta de los Negocios (214.000) o Diario Médico (143.000), con una larga trayectoria en sus ediciones impresas. Soitu estaba en el grupo de arriba.
No hicieron nunca publicidad. No tenía el soporte ni el apoyo de otros medios. Eran una simpática rareza que poco a poco se construyó su hueco. Lo más interesante de soitu ha sido precisamente esto: el desarrollo, el cómo, su impulso. Ha sido el único medio español que ha colocado la I+D en el lugar que debe ocupar: en el centro del negocio. Han apostado muy fuerte por ella y han sido honestos hasta la médula, siempre en busca de fórmulas alternativas. Dos años después de su lanzamiento, han cerrado por falta de financiación. Fin.
Cuando intento explicar mi visión sobre la crisis de los medios de comunicación hago un paralelismo con la industria farmacéutica. En los últimos años, y por múltiples razones, la cartera de nuevos productos en desarrollo se está secando. Desarrollar un fármaco cada vez es más difícil a pesar de la ingente cantidad de recursos que se dedican a I+D, la esencia del sector. Al mismo tiempo, las patentes de algunos de los principales productos en el mercado están a punto de expirar. Si los que vienen detrás están todavía en las primeras fases de investigación, a menudo la única salida para garantizar el futuro es adquirir nuevas moléculas de compañías pequeñas, con una rica cartera de productos realmente innovadores en desarrollo. Los pequeños (más flexibles, arriesgados, valientes, dinámicos) nutren a los grandes.
Los medios de comunicación, los grandes, los tradicionales, los que tienen una marca consolidada, tampoco tienen ‘pipeline’. Están secos. Tienen viejos recursos, en algunos casos todavía bien posicionados, pero si continúa la tendencia de la última década su vida se anuncia cada vez más corta. Siguiendo con el ejemplo de la industria farmacéutica, sus patentes están a punto de expirar, y no tienen productos en desarrollo capaces de tomar el relevo. En muchos casos, ni un sólo producto. Sólo las ediciones digitales, con frecuencia planas, miméticas e intrascendentes.
El problema, sin embargo, no se soluciona como en el sector farmacéutico. La gran diferencia es que en el mundo de los medios de comunicación no existe un circuito económico capaz de alimentar la innovación en sus múltiples y variadas formas, entre otras razones porque la innovación como tal apenas ocupa un lugar en los planes de negocio. Es algo residual, extraño, superfluo. En la última década, a pesar de que los signos de la crisis eran más que evidentes, los cambios que ha sufrido la estructura de los medios de comunicación han sido cosméticos. ¿Innovación? Funcionan en gran medida igual que cuando entré por primera vez en una redacción, un mes de julio de 1998.
En el sector farmacéutico el valor económico de soitu sería evidente. Tienen productos, ‘pipeline’, y un plan de desarrollo para llevarlos al mercado. Han hecho ya lo más difícil: la prueba de concepto. El problema es que la economía de la innovación no ha llegado al sector de los medios de comunicación. No existen los circuitos de financiación que sí funcionan en otros sectores donde la I+D es el eje del negocio. Habrá que crearlos. Hasta que se produzca este cambio esencial no parece fácil la salida a la profunda crisis que afecta a los medios.